Algunas reflexiones sobre el diseño gráfico como profesión, mientras contemplo las portadas de una colección de libros en el mercado de pulgas de los sabados:

Recuerdo que años atrás tuve una pequeña discusión con una ex compañera de Universidad, que había sido convocada para desempeñar un cargo académico en la carrera de diseño.
Lo que motivó el intercambio fue una frase que ella dijo: «â€”La universidad debe formar profesionales».
Por el contrario, mi argumento era que la universidad debía contribuir a la sociedad con individuos más capaces que un mero profesional. La universidad, en mi opinión, debe enseñar un sentido crítico tal permita incluso repensar al eventual graduado aquello que le ha sido enseñado.

Un «profesional» cumple con su deber, es eficiente, es apto para las tareas que se le encomiendan y cumple con los requisitos demandados por su entorno específico. Pero alguien que es tan sólo un «profesional» carece de la capacidad para ir más allá, para reformular su rol en la profesión.
Bajando un poco a lo concreto, si un diseñador es tan sólo un profesional, entonces no puede ejercer el sentido crítico o enteder las limilaciones y peligros de su actividad.

Yo creo que los buenos diseñadores siempre van mas allá de lo que les fue encomendado o enseñado. Siempre hacen algo más que «comunicar» mensajes ajenos.
Creo que no importa cuán grandes sean las limitaciones impuestas por quien demanda el diseño, el diseñador siempre hace un aporte semántico, aún incluso cuando no desea hacerlo.

Me molestan aquellos diseñadores que terminan fundiendo su discurso con el de la profesión. Quien haya trabajado en empresas y corporaciones y tenga algún respeto por la reflexión sabe con certeza que las companías elaboran y enguyen toda suerte de tonterías autoreferenciales. Si se lee un poco literatura sobre «marketing» o «management» se tropieza a cada rato con pamplinas que no resisten ningún análisis. Pero sucede que «lo corporativo» necesita esas pamplinas, le son funcionales. La industria cultural del diseño tambien genera sus «mentiras funcionales».
El peligro de formar tan sólo «profesionales» es que los mismos terminan creyendo que la retórica utilizada para, por ejemplo, convencer directivos de un periódico, tiene alguna relevancia teórica o cultural.
Yo creo que el diseño merece algo mejor que «profesionales».