Una de las cosas buenas que tenía vivir en Buenos Aires era caminar por una Avenida de Mayo amplia, arbolada y quizá también un poco decadente.
La presencia del Palacio Barolo atraía mi mirada durante largos momentos. Lo monumental de su escala y lo ecléctico de su estilo son materia suficiente para cualquiera que se permita ensoñarse unos minutos (en mi caso los que le robaba a la hora del lunch).

El Palacio Barolo fue diseñado por el arquitecto italiano-argentino Mario Palanti y terminado en 1923. Fue encargado por Luis Barolo, un rico empresario agropecuario emigrado a la Argentina. Existe un edificio gemelo en Montenvideo obra del mismo arquitecto, el Palacio Salvo, igualmente bello y más alto, cuyas líneas pueden apreciarse mejor desde la calle.
Muchas de las obras monumentales de las primeras décadas del siglo XX estuvieron destinadas dotar al capitalismo de sus catedrales. Se trata, por lo tantro de composiciones retóricas que arrancaron de la historia toda referencia útil en pos de construir un discurso estético imponente.
Sus estilos eclécticos poseen para mí enorme encanto. Desafían las categorías de los malos libros de arquitectura, confunden a los catedráticos, provocan discusiones y se animan mas allá de los bordes de los cánones del «buen» gusto.
Si existe un edificio equivalente en Amsterdam, se trata sin dudas del Scheepvaarthuis en la Prins Hendrikkade 108, una de las mayores obras de la «Amsterdamse School».

Su autor fue el arquitecto J. M. van der Mey. Fue construído en 1916 para albergar las oficinas de las principales companías navieras de Amsterdam (históricamente las responsables de la riqueza y expansión económica de Los Países Bajos). Como en todos los edificios de la Escuela de Amsterdam, los detalles está absolutamente cuidados y la decoración es de una calidad magnífica.

Las representaciones aluden motivos marinos y relativos a la navegación (ballenas, barcos, anclas, olas). Las referencias góticas (numerosas gárgolas, torres aguzadas, el profuso uso de la piedra) son constantes y constituyen una de las principales influencias estilísticas del conjunto.


Como no podía faltar, el edificio posee soberbios ejemplos de «letrismo» en muchos de los elementos decorativos.


Hay muchas de estas pseudo-gárgolas cada una con una esfinge diferente y el correspondiente nombre debajo.


Todas las inscripciones fueron grabadas magníficamente y con gran detalle.
El diseño de las letras es uno de los mejores que he encontrado entre las obras de esta escuela (son de mejores líneas que los del puente del VoldelPark, por ejemplo…).

Las tipologías de nuestro alfabeto, las formas de nuestras letras emergen de los discursos y conflictos de nuestra sociedades, son parte inseparable de los mismos.
No hay estilos ni letras inocentes.
Ramiro Espinoza.